La autoestima se va formando en cosas muy cotidianas. Está en la manera en que te hablas cuando cometes un error, en el tiempo que te permites descansar y en lo que haces cuando alguien te trata de una forma que te lastima.

Durante mucho tiempo puedes acostumbrarte a exigirte más de lo que le exigirías a otra persona. Cualquier error se vuelve una prueba de que no eres suficiente. Un comentario ajeno se queda contigo durante días. También puede costarte reconocer lo que haces bien, aunque quienes te rodean sí lo vean.

Escucha cómo te hablas

Presta atención a las frases que aparecen cuando algo sale mal. Quizás te dices que siempre arruinas todo, que deberías poder con más o que los demás lo hacen mejor. Esas palabras se repiten tanto que terminan pareciendo ciertas.

Puedes empezar usando una frase más justa. Algo como: “Esto me salió mal y puedo revisarlo con calma”. Sigue siendo honesta y deja espacio para aprender.

También aparece en lo que aceptas

La relación contigo influye en los vínculos que sostienes. Cuando dudas mucho de tu valor, puede resultar difícil pedir respeto, expresar una necesidad o alejarte de una situación que te hace daño.

Observa un momento reciente en el que te quedaste callada para evitar un problema. Pregúntate qué necesitabas decir y cómo podrías expresarlo ahora con pocas palabras.

Una práctica para hoy

Escribe tres cosas que hayas hecho esta semana y que normalmente pasarías por alto. Puede ser haber cumplido una responsabilidad, haber pedido ayuda o haberte dado unos minutos para descansar. Léelas como leerías algo que te cuenta una amiga.

La manera en que te acompañas cada día va dejando huella en la relación que tienes contigo.

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